Muerte estelar.

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Triste, triste la supernova
en su lugar solitario
sin que nadie la rescate.

Deja destellos sin que nadie la acompañe.

Abandonada en su meditación
en los tiempos en que la galaxia era sólo de azul
no se dio cuenta de que bellas luces giraron a su alrededor.

Espacios abiertos en curvas vertiginosas
la elevaron en frágiles esferas binarias
y con 400 golpes se crearon monopolis
con divertidas creaciones de avenidas arrugadas
sin propiedad ni helio.

Ellos pudieron escapar, ella no.
No supo combinar los elementos y se rodeó
de fugaces sin abrazos.

Pobre supernova
la más bella de la estrellas
olvidada, por esperar.

No vió, no sintió,
más que la punzada de Eros en un resplandor
y perdió el avance de campanas.

No comprendió que al fusionar el carbono a su núcleo,
por tratar de apostar contra el destino,
por seguir a un gigante rojizo,
se convirtió en una estrella fugitiva
de archipiélagos de músicas elipticas.

Sin corazón la supernova
un día sin saberlo ella siquiera,
esperando a su aventurero se extinguió.
Traspasó el límite Chandrasekhar,
su opotunidad termonuclear colapsó
y se convirtió en eternidad.


Que lejos esta de nosotros 

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